Por Juan Clemente Gómez
Para dar cumplimiento al refrán de “Ser agradecido es de buen nacido”, o viceversa, confieso abiertamente que las sardinas me salvaron la vida, por eso, les estoy eternamente agradecido, pensando incluso en la posibilidad de fundar una ONG con el nombre de SOS SARDINAS.
La norma de primero comer y después filosofar estaba vigente ya en la Edad de Piedra y a pesar de los avances de la civilización aún no ha sido superada por ninguna otra teoría. En el Uclés de los primeros sesenta nadie conocía la palabra obesidad, incluso había que estar muy atento para no enflaquecer demasiado y quedarse tieso como un palitroque. En el seminario comer, comíamos, pero lo justo para sobrevivir. Al principio los rigores del hambre pasaban desapercibidos, pero cuando el cuerpo empezaba a desarrollarse y ver cómo la sotana le quedaba a uno por las rodillas y las mangas por los codos, se despertaba automáticamente una voz de alarma en el cerebro de los adolescentes seminaristas que venía decir más o menos: “O te espabilas o te quedas en los huesos”.
Una vez a la semana veíamos serpentear por la carretera de Tribaldos una pequeña furgoneta blanca ,en su interior se hallaba una preciada carga ,era el pescadero de la Parrilla con el suministro semanal de pescado fresco, nada de pescadilla, boquerón o salmonetes, no…era algo mucho mejor, sardinas del Cantábrico, nuestra salvación o al menos de los que crecíamos demasiado aprisa convirtiéndonos en unos zangolotinos destartalados..
Estás en el salón de estudio organizando mentalmente el teorema de Pitágoras , los afluentes del Tajo por la derecha o las oraciones completivas de infinitivo y de pronto sientes un fuerte olor a fritanga que se cuela por debajo de la puerta e inunda tránsitos y pasillos. No puedes concentrarte, las ninfas están friendo sardinas a destajo. Esta noche cenarás a gusto, esta noche dormirás bien, esta noche serás feliz.
Debía ser que por aquella época el precio de las sardinas estaba por los suelos y seguro que no cotizaban en bolsa, porque las monjas se sentían generosas y nos dejaban repetir un par de veces por los menos. Ahí empezaba el quid de la cuestión .A fuerza de pasar necesidad nos aprendimos la fábula de la cigarra y la hormiga que viene a ser más o menos como la historia de las vacas de Egipto, las gordas y las flacas. Los que teníamos la gazuza más desarrollada hacíamos acopio de sardinas a conciencia, y como no estaba bien visto guardarlas en los bolsillos del guardapolvos, pues se quedaban enrolladas en la servilleta, dentro del vaso, para consumirlas al día siguiente y poder así prolongar el festín un día o dos más, es decir, que teníamos un día de vacas gordas para contrarrestar los otros seis de vacas flacas .No había ningún problema de higiene, el único inconveniente que presentan las sardinas se limita a quienes padecen gota, dado su contenido en purinas que en el organismo se transforman en ácido úrico, pero en el Uclés de mis entretelas nadie sabía lo que era gota, ni mucho menos la hiperuricemia esa, que es lo mismo. Lo importante era saber sobrevivir y darle pescado fresco al cuerpo, harto ya de ollas de pan duro flotando en caldo, garbanzos como balines, alubias viudas o lentejas nocherniegas. Oler a sardinas es para mí volver a resucitar una vez más, como el gato de la canción cuando lo llevaban a enterrar, a tanto llega mi amor que una vez ,estudiando cuarto con D. Vicente Tradacete Vaquero estuve enamorado locamente de una sardina con cara de sirena, pero lo que son las cosas del amor, tanto la quise que me la comí y es que el amor es ciego, sí señor.