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Voces de Cuenca | Opinión
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02/02/2012
Por Roberto Esteban Duque

En una conversación distendida y amable, un sacerdote me decía que hoy es un tiempo formidable para la fe y, por tanto, para la Iglesia, en este año que Benedicto XVI declaró “Año de la fe”, con motivo del cincuenta aniversario de la inauguración del Concilio Vaticano II y el vigésimo de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica.

Me preguntaba el sacerdote -y ahora intento dar respuesta por escrito- si podríamos hacer algo para que fuésemos los cristianos esa “minoría creativa” de la que habla el Papa, la “sal de la tierra” y la “luz del mundo”, capaz de un apostolado vivo en medio de una cultura no pocas veces hostil a la fe y sumergida en planteamientos y medidas secularizadoras y laicistas.

Esto es muy serio, no sólo porque la fe y el orden religioso no pueden confinarse a la intimidad personal -como pretende el progresismo y el protestantismo, desde ángulos diversos-, sino también por la posibilidad, siempre latente, de alcanzarnos a los creyentes, sin dolor alguno, la astenia de una fe inerte, no vivida ni celebrada; al cabo, como sostenía García Morente, “las convicciones más arraigadas en nosotros, las realidades más inmediatas y habituales, son las que menos solicitan de ordinario nuestra atención”. ¿No es verdad que olvidamos con inusitada frecuencia el cuidado de nuestra fe?

Llegamos así, mi colega y yo, después de un intercambio espontáneo de alguna reflexión, a una idea gozosa y determinante: podemos adorar como mejor y más alto testimonio de la fe. El anclaje de la vida en Dios es lo primero, el propósito y finalidad al que el hombre debe ajustarse libremente; aprehender el don de la fe para forjar en esa “religación ontológica”, como la denominara Zubiri, el hombre bueno que quiero ser, capaz de realizar cualquier actividad humana determinado por aquella Presencia absoluta residente en el corazón.

La fe es adoración, escucha, un mirar adentro y hacia arriba, un estar intencional en Aquel que explica con su Encarnación al hombre, para no caer en la banal persuasión de dejarse conducir por deseos personales, edificando con nuestras solas fuerzas. La fe significa “un vivir en la verdad”, como nos dice san Juan, un “caminar en la luz”, conscientes de que Dios siempre nos tiene en su presencia.

Nosotros, los sacerdotes, podemos realizar un magnífico servicio a la verdad cuando dejamos que Dios nos “hiera” con su Palabra y nos alcance con su amor, cuando nuestra configuración con Cristo se convierta en el único señorío de nuestras vidas. Mientras no quedemos seducidos por el Señor no habrá santidad posible, no habremos dejado pasar al Eterno en nuestra fragilidad y seguiremos viviendo en una desatada aspiración insatisfecha.
Quizá ya he respondido con este mínimo análisis al interrogante sobre aquello que podemos hacer en el “Año de la fe”: ejercer nuestra libertad del mejor modo posible, madurando en la aceptación trascendente y misteriosa, en la comunión y en la fidelidad, mirando con la fe y el corazón, antes de que nos sorprenda el gran misterio y la tragedia del hombre que consiste, como dirá Saint-Exupéry, en perder lo esencial sin darse cuenta de que lo ha perdido.
 

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