Camino de Palomera, carretera de Buenache, camión de leña hacia la Sierra y sin saber cómo aterrizas en Beamud, cuatro casas, cuatro gatos, un olmo centenario, ovejas, y sigues hacia la Fuente de la Sabina, años cincuenta, una casa forestal aislada de la civilización, entre un mar de pinos, nadie. Todo el verano para ti solo, lejos de los padres, del calor del hogar, al amparo de Alejandro, tu tío el guardeta, correcarriles, forestal, uniforme verdepino de camuflaje, una oveja, tus primos, Eliecer y Consuelo, la tía Florencia, un asno viejo, pan cocido una vez a la semana, el carburo.
El carburo se ve y se huele, amarillo, tu color favorito, acre, fogonazo del infierno para asustar a las brujas de la noche en medio del pinar conquense, Beamud de la Sierra, océano vegetal de la Cuenca profunda, soledad y pinos, grajas, cuervos, arrendajos, torcaces, esquilas en el cuello del asno para que no se pierda, controlado en la inmensidad del bosque . El carburo llama a las puertas de tu imaginación infantil, nunca lo habías visto, nunca lo habías olido, olor a cuerno quemado, a asta de toro viejo, a pezuña de lamia descubierta a la luz de la luna
Los días como cadenas de monótonas mañanas, atadas a las noches pobladas de mil silencios asombrados por una soledad estéril, inhumana, silencio tras silencio a la luz moribunda del carburo.
Dos sucesos marcaron para siempre tu mente aún virgen de experiencias. Alejandro, el guardeta, hombre de recursos, socarrón, bromista, asustafurtivos, te pidió una traba para el asno y tú, niño amerengado milhojas de Lerma, niño de ciudad en medio de la selva que ya había jugado a la taba en el Jardinillo, le das una taba monda y lironda del balaguero cercano.
-Llévasela a tu tía para que la eche al cocido -exclamó Alejandro, guasón como los Gómez Velasco Colmenar y Cortinas-
Años más tarde, sentado en los pupitres escolásticos del Escorial de la Mancha, sabrías apreciar la importancia de una letra, lo que va de taba a traba y las risas de los adultos avezados que se ríen de los niños de miel y cera.
Al asno le dolía un diente y unos hombres valientes se lo sacaron a palancazos con una piedra horrenda, los ayes del asno te persiguen tras los pinos .Las noches a la luz del carburo te traen recuerdos de asnos reclamando anestesia local para sus maltrechos dientes de burro. Eliecer, tu primo, emigró a San Pedro del Pinatar, de pinos conquenses a pinos mediterráneos, Elio, para los compañeros, un ídolo para sus alumnos, deportista de la bicicleta, que subía hasta hace unos días, la cuesta de Villalba con un cáncer entre pecho y espalda. Consuelo era muy niña para diferenciar entre una lámpara de carburo y otra de luz normal, de la de toda la vida, de bombilla y casquillo.
Aún viven en tu memoria las largas veladas con Isidro, el pastor, artista del pueblo, artesano de empuñaduras de bastón, suavizadas por las aguas frescas de la Fuente de la Sabina, serrano de honor, enhiesto entre los pinos, como el pastor de las Huesas del Vasallo y Pedro, el menor de los Gómez Velasco Colmenar y Cortinas, que aterriza un buen día con su moto Poderosa y te saca del letargo vegetal, de la monótona luz del carburo que huele a incienso rancio, a pata de cabra coja. Sombras de un pasado aún reciente, caliente todavía, un pasado con olor a pan cobijado en la artesa y mezclado con vahos carburientos, como los mineros de antaño, olor similar al de la cocina del zahorí de Cañada del Hoyo y Elio subiendo cuestas en el cielo verde de Cuenca con el cáncer royéndole los zancajos, con una lámpara de carburo colgada en el manillar, por si las moscas. ¡Ave, Elio, carburituri, te salutan!
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