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Voces de Cuenca | Contraportada
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23/07/2010 - CUENCA DE MIS OLORES
Por Juán Cleménte Gómez

Los traumas son como las bolas de nieve, no nacen, se hacen poco a poco, rodando por las laderas de la vida e incrementándose a base de experiencias negativas. Dudo si el trauma denominado zapatólisis esté registrado en los anales de la praxis clínica psiquiátrica, pero un servidor lo sufre desde su más tierna infancia cuando se enfrenta a solas con un tubo o caja de betún, lo abre y lo huele.

La zapatólisis es la carencia de zapatos prolongada durante muchos años. Hay quienes nacen con un pan debajo del brazo, otros con casquete de obispo y los menos, vienen al mundo bien con los dientes al aire ,bien con los zapatos puestos. En mi propio caso, no sólo nací descalzo, sino que me pasé toda la infancia y parte de la adolescencia sin zapatos, calzando únicamente sandalias barateras y zapatillas de Rubio. A veces llegaban a la calle de la Moneda los Reyes Magos y traían un par de botas de segunda mano o los zapatitos blancos de Comunión del primo de Madrid, el rico.

¿Quién recuerda al limpiabotas del hall del cine España, junto al difunto café Colón? Yo me quedaba embelesado mirando cómo le daba una y otra vez al paño, sacando lustre a los zapatos de la gente bien. Tenía un bigotillo a lo Clark Gable y aspecto simpático. Cierro los ojos y veo su zigzag incesante, lustrando calzado ajeno, sentado humildemente a los pies de la clientela, poco más o menos que mendigando una moneda, ajeno a la incongruencia semántica de su propio oficio: a ver por qué se llama limpiabotas a quien pasa la mayor parte de su vida limpiando zapatos. Es mucho mejor llamarle “limpia” a secas, o lustrazapatos en todo caso, las cosas como son.

Mi primera toma de conciencia con el trauma de la zapatólisis data de la procesión del Domingo de Ramos de 1958, cuando por primera vez en la historia desfilaron los chicos de la Cruzada Eucarística, apadrinada y dirigida en Cuenca por D. Camilo Fernández de Lelis. Me cabe el honor de haber sido su primer presidente local y provincial. Desfilaba un servidor en lugar privilegiado, ocupando todo el centro de la calle Alfonso VIII, escoltado por dos cruzados de inferior rango y recordando a los próceres romanos en su entrada triunfal a Roma al volver vencedores de mil batallas, cuando al mirar de reojo a ambos lados observé con horror que los subordinados calzaban lustrosos zapatos recién estrenados, y yo el presidente iba en sandalias. A ver por qué. Mi madre, que no iba muy sobrada de posibles, me convenció diciendo que los romanos iban con sandalias y no con zapatos, yo que me lo creo todo, me quedé tan conforme.

Los primeros zapatos de los que tengo memoria usual los compré en la tienda del seminario de Uclés, a los trece años, por un ridículo precio de 50 pesetas. Brillaban como un espejo bajo los rayos del sol naciente, cien  por cien de charol, unos zapatos tentadores ante los que no pude resistir .Por primera vez en mi vida experimenté una fuerte sensación de libertad y dejaba de ser un niño pobre. Grave error, a los dos días la bola de nieve de mi trauma zapatolísico se incrementó sobremanera ¡Qué sensación de impotencia al ver cómo los zapatos se iban aguachando poco a poco bajo el zamarreo de un fuerte aguacero, quedando como un par de piltrafas renegridas! Alguien había timado a un pobre niño vendiéndole zapatos de cartón.

Durante el período del servicio militar, el betún era un arma de tanta categoría como los Cetme. Su aplicación diaria, con hígado y a conciencia, convertía a las botas en pasaporte para ser considerado como un   soldado pulcro, eficaz y responsable. Un soldado como Dios manda.

Cálamo currente, entiendo mi predestinación para ocupar presidencias y altos cargos, aparte de la Cruzada Eucarística, he sido presidente de la Comunidad de Vecinos (que no es moco de pavo) en varias ocasiones, dejando   a otros candidatos más ilustres   a la altura del betún y es que uno ha nacido para servir a Dios y a usted, queridísim@ lector@ .

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