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Voces de Cuenca | Cultura y Vida
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05/02/2012 - SIN TECHO
Tomás es uno de los miles de personas 'sin techo' que pueblan las aceras de cualquiera de las ciudades de nuestro país. Soportan las adversidades de la climatología y las que cada día les va poniendo la vida. Él, se aferra a la última esperanza y nada contra corriente para alcanzar, la orilla; la última.
Por J. Monreal

Una pequeña mochila y un par de cartones, componen el equipaje de Tomás. Pasa más de diez hora en la calle, sentado, con la cabeza entre las manos, soportando el intenso frío que deja heladas hasta las palabras. “Lo que más te deja helado, es la indiferencia, no las bajas temperaturas”, dice.

Las frías estadísticas señalan que en España viven en la calle alrededor de 20.000 personas. La mayoría de ellas, en edades comprendidas entre los 40 y 65 años. Aunque el perfil del transeúnte es muy variado, la mayoría de quienes se encuentran en esta situación, suelen ser personas sin familia – producto de separaciones traumáticas- con hijos, con problemas de alcoholismo y, en muchos casos enfermos como consecuencia de la vida en la calle y la escasa alimentación.

“Somos muchos, y cada uno de nosotros es un mundo a parte”, dice Tomás, quien como el discípulo, necesita ‘ver para creer’, porque ya no confía en nada ni en nadie, “al menos en lo que se refiere a los que te dicen que te van a ayudar, que pueden sacarte de esta situación y luego a la hora de la verdad te dejan tirado”, dice, mientras se frota las manos intentando –en vano- que entren en calor.

Sentado sobre su equipaje, Tomas mira de reojo la pequeña bandeja donde los viandantes depositan unas monedas que ayuden a aliviar el día a día de este nómada impenitente, que ha recorrido toda España en busca de un lugar en el que poder descansar a salvo de fríos y penurias.

“La gente es generosa, pero no tanto como antes, porque también anda muy necesitada”, dice, mientras hace un gesto de agradecimiento hacia la persona que acaba de dejar un par de monedas. “No me avergüenza pedir, pero tampoco me siento cómodo, porque toda mi vida he trabajado y prefiero ganarme lo que me como que tener que hacer lo que estoy haciendo, porque no tengo más remedio”, dice, quien en otro tiempo tuviera a su cargo mas de una veintena de empleados en una superficie comercial en México, desde donde regresó a España para reencontrarse con la cruda realidad de la falta de un empleo, “ya ni siquiera estable, sino temporal, que me permita sobrevivir. A mi edad -64 años- y con mis limitaciones, por la enfermedad, comprendo que nadie me de un trabajo fijo, pero tampoco es justo que me lo vengan negando desde hace años porque prefieran a gente más joven que yo”, comenta con cierto aire de agravio. “Mucha gente piensa que estamos así porque queremos, y no es así. Cierto es que muchos que conozco, que viven en la calle, sí han elegido este medio de vida y en algunas ocasiones lo han convertido en negocio: pedir era rentable hasta hace unos años, pero ahora, el que estamos en la calle es por verdadera necesidad, no por gusto”.

Desarraigado de la familia “la poca que tengo es lejana, primos y parientes que no quieren saber nada de mi”, Tomás se levanta cada día con la esperanza de acabar una nueva etapa que le lleve a la meta final. 

“Suelo dormir en los albergues, pero sólo un par de días o tres que es el máximo que te dejan estar. A partir de ahí, debes ir a buscarte la vida donde puedas, a otro lugar en el que poder quedarte igual que hiciste ayer y anteayer… Así un mes y otro y otro, sin que nunca sepas donde está el final”, dice este ‘correcaminos’ que recaló en Cuenca hace un par de días, “justo el tiempo necesario para ir al albergue, cambiarme de ropa, tomar algo caliente y seguir viviendo en las aceras de la buena voluntad de la gente”.

Tomás emprenderá de nuevo el viaje a ninguna parte. Un camino en el que encontrará a otros tantos que, como él, buscan sin encontrar donde poder dejar el pesado equipaje que cargan a cuestas, aunque a primera vista pueda resultar ligero.

“Otra ciudad y otra gente”, dice Tomás, quien no huye de la compañía, aunque tampoco la busca. “Bastante tengo yo con mis problemas, como para conocer los de los demás”, comenta con tono un tanto egoísta. “En estas circunstancias es difícil hacer amigos. Todo el que se te acerca, en tu misma situación, lo hace por algún interés. Ya son muchos años y muchas malas experiencias las que he tenido, y por eso sigo el refrán: ‘mejor sólo que mal acompañado’. Si alguien coincide en el camino, bienvenido sea, pero de ahí a ser compañeros de viaje, va un abismo”.

Mientra hablamos, el viento helado va dejando limpia la acera de hojas. La gente pasa a nuestro lado, mira y retoma el paso, ligero, de vuelta a sus asuntos.

Tomás saca las manos de los bolsillos, las frota con fuerza y las mira. “Como un témpano de hielo se me han quedado. Ya ni las siento”, dice, volviéndolas a meter en los bolsillos de la cazadora que lleva como única prenda de abrigo.

“¿Tienes algo para un café con leche?. Tomé uno esta mañana pero mira las horas que son…”, dice. Echo mano al bolsillo y rebusco unas monedas que le entrego en mano, no en la bandeja. “¡Joder!, con esto me llega para un bocadillo y un par de cafés con leche con algo que mojar”, comenta con una sonrisa y un gesto de agradecimiento. 

Le devuelvo la sonrisa y me despido: ¡hasta mañana!, amigo. Él levanta la cabeza y pone la mano a modo de visera que evite el contraluz. “¿Hasta mañana?. ¿Tan seguro estás de que hay mañana?...”

Esta vez, el que se queda helado soy yo. No respondo. Me giro y vuelvo al calor de mi escritorio, a la intranquila tranquilidad del teclado del ordenador, a la insegura seguridad del futuro. Y mientras regreso a mi mundo, acude a la memoria la letra de una vieja canción… “Anónimos y desterrados/ en el ruidoso tumulto callejero/ con los vientos en contra va el ciudadano/ los bolsillos temblando y el alma en cueros/ rotos y desarraigados/ hablando a gritos/ golpeando los adjetivos precipitadamente…. ¿A quién le importarán/ tus deuda y tus deudores…..?
 

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A lo largo de 2011, más de 2.000 transeúntes fueron atendidos en el albergue de Cuenca
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