10/11/2019
Cultura y Vida

"El díptico bizantino es la obra más importante que hay en el Museo Tesoro de la Catedral"

Entrevista del domingo con el sacerdote de la Serranía, artista e investigador de iconos Anastasio Martínez

El sacerdote y artista Anastasio Martínez acaba de ver publicada la tercera edición de su obra 'El díptico bizantino de la Catedral de Cuenca', editada por la Diputación Provincial dentro de su colección 'Ediciones Célebres' y que se puede adquirir en las librerías de la capital por 25 euros. Conocido popular y cariñosamente como 'El cura de los iconos', ha dedicado gran parte de su vida a la creación e investigación sobre este arte, del que se ha convertido en una de las principales referencias nacionales. Además, ha desarrollado una larga labor sacerdotal ligada a los pueblos de la Serranía de Cuenca. 

Resulta curioso ver cómo es posible que un conquense haya sido capaz de desarrollar esta pasión por los iconos. ¿Cuándo empezó a interesarse por ellos?

No sólo eso, recibí de la Iglesia rusa en España unas cartas, tras uno de los reportajes que dieron en televisión. Me dijeron que les extrañaba mucho que un sacerdote católico se terminara a los iconos, y terminaba diciendo "pero el Espíritu sopla donde quiere" (ríe). Así que extrañó mucho a la Iglesia rusa también esta afición por los iconos que tengo.

Hay que decir que los iconos fueron patrimonio al principio tanto de los católicos como de los ortodoxos, pero ya con el cisma se los quedaron ellos como una cosa importantísima dentro de su liturgia.

De seminarista me encargaron estar al frente del Sectariado Catequístico del Seminario. El Catecismo Ripalda se editaba en el Seminario, y estando yo de seminarista el rector me encargó que lo distribuyera y se distribuía a seis diócesis: era importante. Un profesor que tuve, Diego Torrente, me pidió que pidiera unas miniaturas de breviarios a un monasterio francés y me las mandaron. Luego me enteré que había dos monasterios en Alemania, María Laach y Beuron que se dedicaban a la fabricación de estampas como recuerdo de Primera Comunión. Entre ellas mandaron varias estampas con reproducciones de iconos y tuve contacto con ellos para venderlas a los seminaristas. 40 años más tarde visité el monasterio de María Laach en una excursión que hice con un grupo, porque he estado 30 años viajando y tenía mucha ilusión. No entraba en el itinerario pero le pedí al conductor que nos acercara y me llevé mucha ilusión.

Ahí fue cuando nació mi gusto por los iconos. Cuando me mandaron a Las Majadas me dieron un pueblo solo, porque hoy los sacerdotes tienen tres, cuatro y siete pueblos porque no hay suficientes. Pero entonces había abundantes y me mandaron a Las Majadas; y estaba incomunicado porque después de Villalba de la Sierra allí terminaba la comunicación para otros pueblos. Más tarde ya me dieron Portilla y después Zarzuela.

Allí en Las Majadas había mucho tiempo. Por cierto, hablando de la despoblación, yo tuve una Catequesis con 138 chiquillos, cuando tenía 800 habitantes. Ahora está en mucho menos de la mitad. Con un pueblo sólo, que no tenía que desplazarme a otros, había tiempo para todo y me dediqué a hacer pruebas de los iconos.

"A base de fracasos es como te vas perfeccionando"

¿Todo lo que sabe de iconos lo aprendió de los libros? ¿No tuvo ningún maestro presencial que le enseñara las técnicas?

No tuve ningún maestro. Parece un tópico pero no lo es. Yo no tuve a nadie. La mujer del médico que había en Las Majadas era aficionada a la pintura, pero de paisajes. Entonces, yo empecé pintando unos paisajes porque ella me enseñaba. Y luego después empecé a probar ya con los iconos e hice una exposición.

La primera exposición que hice fue en la Casa de la Cultura de Cuenca. Don Salvador, que era secretario de la Diócesis de Cuenca; Cardete, que era el director de la Casa de Cultura y un notario llamado don Antonio que no me acuerdo de su apellido, subieron y me preguntaron que por qué no exponía. La verdad es que aquellos primeros iconos estaban muy mal hechos (ríe). Estaban mal hechos porque yo no sabía dorar, doraba con oro falso. Luego ya Agustín Carretero, gran dorador, me enseñó las proporciones del oro.

La segunda y última exposición la hice en el Ateneo de Valencia. Y la verdad es que en Cuenca fueron un gran éxito estando mal hechos. Yo era un principiante, un niño. Pero eso me animó. La exposición de Valencia también tuvo mucho éxito porque Chirveches, que estaba de director en un periódico, creo recordar que era Las Provincias, me ayudó anunciándola en todos los medios de comunicación. Los medios me han ayudado mucho, mucho, porque el primer reportaje que me hicieron duró diez minutos en el telediario de TVE, cuando era la única que había porque todavía no existía ni La 2.

Me puse tan contento porque yo sabía la deficiencia que tenía, y lo sé ahora también, no hago iconos a la perfección ni mucho menos. Pero sí fui muy constante en investigar y leer, y en todos los viajes buscaba dónde había iconos para ir a verlos en Rusia, Grecia, el Sinaí. Después si leí algún libro que trataba de las técnicas a utilizar, y tengo una biblioteca temática formada por alrededor de 268 libros sólo sobre iconos. Esos libros irán luego a la biblioteca del Seminario, y los iconos se los dejaré a la Catedral.

A base de fracasos es como te vas perfeccionando. Estoy muy agradecido a la ayuda que me han dado siempre los medios de comunicación. Por ejemplo, El País me hizo un reportaje muy bueno gracias a la intermediación de Daniel Cubillo.

En aquellos primeros años tenía una lista de espera de diez años.

¿Tiene idea de cuántos iconos ha pintado?

Podría saberlo porque tengo ficha de todos los que me encargaron. No voy a decir una cifra porque me voy a equivocar y seguramente me quede bajo, pero muchos. He trabajado mucho porque me gustaba. Y no solamente trabajaba por el día, sino que por la noche cuando ya no tenía nada que hacer me dedicaba a pintar, dorar o repujar plata y le he dedicado muchísimo tiempo.

Además hay algunos que no los tengo apuntados, por compromisos que había. Un gobernador que había aquí, Casas Ferrer, cuando venía algún personaje me llamaba enseguida: "Padre, ¿qué tiene por ahí?" Y yo siempre le decía que no tenía nada y él me contestaba que tenía un compromiso, y al final le bajaba alguno para que los regalara. Ahí estuvo gente interesante como Martín Villa, Rodríguez Sahagún y Lamo de Espinosa, por decir algunos ejemplos.

¿Qué es lo que más le gusta de pintar iconos? ¿Le llama la atención la variedad de técnicas que hay que aplicar?

Es el conjunto. Por supuesto que el dorado con oro fino, sacarle brillo, hacer la policromía de los vestidos... La tabla primero se dora toda y se pinta encima, y después se van haciendo los dibujos de los vestidos sacando el oro que hay bajo la pintura con un punzón. Eso me llama mucho la atención.

También me gusta trabajar la plata porque tiene la dificultad de que se pone negra. Y eso que es plata fina, que no tiene nada de aleación, pero con las calefacciones y la humedad toda la plata se oscurece.

"Aunque estéticamente hay desproporción, el icono tiene una mística, una teología y un arte"

En su último libro publicado tiene todo un capítulo dedicado a la belleza del icono. 

El icono tiene una mística, tiene una teología y tiene un arte. Aunque estéticamente hay desproporción, porque por ejemplo el niño que tiene la Virgen es como si ya hubiera cumplido la mili. Pero la gente no se fija en eso, los ortodoxos se fijan en cómo la imagen irradia algo espiritual y de hecho le tienen una devoción profundísima.

La pintura moderna es diferente, tengo un catálogo amplio de iconos modernos y la verdad es que eso no es pintura religiosa. La mística del icono se perdió en el siglo XVI. Me estoy refiriendo a la pintura sacra, no a la religiosa. La religiosa empezó en el siglo XVI con el Renacimiento, pero es la sacra la que profundiza en el orden religioso.

Llama la atención la pintura sacra por la mística que hay: tú miras al icono pero es el icono quien te mira a ti. Con el icono hay una comunicación entre él y quien lo contempla. El arte religioso está muy bien pero es para admirar la belleza estética, por ejemplo como pasa con Rafael, pero es el icono quien irradia el sentimiento religioso.

¿Se ha mantenido el interés por los iconos que hubo hace unos años, cuando tenía esas largas listas de espera?

Hoy los compran por estética, porque les viene bien porque quedaría bien encima de la cama o en el recibidor. Pero la mística rusa sobre el icono es que sea un habitante más de la casa, un familiar que te acompañe. Los rusos tienen un rincón rojo en donde está el icono, y del que se despiden cuando salen a la calle y lo saludan cuando vuelven. Lo llevan dentro y es algo completamente religioso. Hoy muy poca gente los mira en plan religioso.

¿Recuerda la primera vez que vio el díptico bizantino de la Catedral?

Siendo seminarista. Nosotros dábamos Arte y nos llevó don Salvador, que era el profesor y secretario de la Diócesis. Lo admirábamos como una cosa rara. Porque la primera vez que yo vi los iconos en los monasterios veía esas caras raras, las manos como garfios, el Pantocrátor... Ahora me parece lo más natural del mundo, porque todo tiene su significado.

Realmente yo empecé cuando leí un libro de un canónigo que era de Zaragoza, que era profesor de la Universidad de Barcelona y le publicaron un libro del díptico bizantino. Se lo publicó el Consejo de Investigaciones Científicas. Él era un sabio, dominaba el griego clásico y el moderno, e hizo varios viajes a Grecia, porque hay una tabla que fue el principio del díptico de aquí que no llegaron a completar porque no le pusieron la riqueza que tiene el de Cuenca.

"Esta edición me ha costado más de 20 años a base de pedir información, que no me la dieran, y seguir insistiendo hasta conseguirla"

Imagino que se está refiriendo al díptico que hay en Meteora.

Sí, a ese. Él no conoció aquella tabla y yo sí la conocí, porque he hecho tres viajes allí. Lo que sí hizo fue escribir la crónica de Meteora con la vida de los dos donantes. La trascribió primero al griego y luego después la tradujo. Hace una descripción general del díptico, pero no llega a profundizar porque tampoco tuvo medios.

A mi esta edición me ha costado más de 20 años a base de pedir información, que no me la dieran, y seguir insistiendo hasta conseguirla. Nos pidieron el díptico para una exposición y la embajada española y el embajador insistieron muchísimo. Tuve el honor de hacer de correo y llevarlo allí, aunque pasé mucho miedo. Y cuando yo les escribí pidiéndoles el retrato no tuvieron ni la cortesía de contestarme.

Así, me lancé a preguntar a la embajada serbia, y al principio me dijeron que era muy difícil. El problema viene de que en el díptico hay un retrato raspado de uno de los donantes, y para completarlo yo estaba intentando conseguir una fotografía del mismo hombre pero en otro cuadro para dejar completa la información del díptico.

¿Por qué fue raspado el rostro de Tomás Preljubovic del díptico?

Las cosas se saben, aunque no se publiquen. Una de las cosas que me dijeron en la embajada era que a ver qué iba a hacer yo con la fotografía y a decir de Tomás Preljubovic, que fue donante de la obra junto con María Angelina. Él fue asesinado en una conspiración y al poco ella se casó de segunda, y parece ser que entre ella y el marido Esaú de Buondelmonti se lo liquidaron. Yo creo que luego lo rasparon de la tabla por los celos del segundo marido.

Hay una imagen de Tomás que se conserva en un fresco en el monasterio de Valaam. Cuando yo fui por primera vez allí no me dejaron sacar ni una sola fotografía.

¿Por qué le ponían tantos problemas en el monasterio para hacer su investigación?

Porque los ortodoxos son así. Y eso que yo no iba a decir nada que no estuviera escrito ni nada que fuera en contra del donante. Pero ellos tenían miedo a eso.

Como anécdota, a nosotros nos pidieron el díptico para una exposición que iban a hacer en Serbia con motivo del octavo centenario de uno de sus patriarcas. Lo pidieron por correo electrónico, y Miguel Ángel Albares, director de la Catedral, dijo que hacía falta respaldo del Gobierno y me preguntó si quería que hiciéramos la prueba de pedirles a cambio el retrato que yo buscaba. A los dos días ya me habían dado la fotografía que había estado tratando de conseguir y que no había podido.

Se han portado muy bien y de hecho ayer les mandé un libro en agradecimiento. Y esta es la historia de cómo ha llegado a publicarse por primera vez la fotografía de Tomás Preljubovic, tras cuatro años de estar insistiendo de embajada en embajada sin que nadie me hiciera caso. Yo quiero destacar la generosidad del monje de Serbia y del director del museo de Belgrado, que no puso pegas de ninguna clase y la mandó enseguida.

Y luego tenemos la suerte que toda la documentación de los donantes está en el Archivo de la Catedral, no los primitivos, sino ya los últimos.

La obra pasó por Moncalvillo de Huete antes de llegar a la Catedral.

A Tomás lo hicieron prisionero y se llevó con él a un soldado de origen italiano llamado Florentino. Tras dos generaciones a oscuras, el anticuario Eliano Spinola le dedica unos documentos que me ayudaron mucho, donde dice que piensa ir a Oriente a comprar antigüedades que ellos llaman iconos. Se supone que esta fue una de las obras que compró.

Uno de los descendientes del anticuario se hizo con el cuadro, y uno de sus nietos se casó con la familia del señor de Moncalvillo, Castañola, y ahí es donde empieza ya la posesión del díptico en la familia Castañola y Spinola. En el libro está incluido el árbol genealógico, que llega hasta cuando muere el único hijo de esta familia, Juan José, que deja como heredero al Colegio de los Niños Expósitos, salvo a las reliquias que hay en la obra, que pasan a la Catedral. Así, en 1755 el díptico pasa a ser ya propiedad de la Catedral.

También he descubierto que todo el bloque del edificio que hay al lado de la Catedral, en el que está el quiosco de Maribel y hasta la plaza donde está la estatua de Alfonso VIII e incluso hasta las escaleras junto a los Arcos del Ayuntamiento, eso fue la Casa de la Limosna. Ahí estuvo el colegio hasta que se extinguió, y de hecho en el libro se incluye una fotografía de un artesonado que se conserva.

Además he incorporado una fotografía que da cuenta de la importancia del díptico bizantino. Cuando el VIII centenario de la Diócesis de Cuenca se sacaron al altar la Virgen del Sagrario, ornamento del siglo XVI, el cáliz de Alonso de Burgos, las reliquias de San Julián y el díptico bizantino.

Una de las cosas que usted afirma es que se trata de la obra más importante que hay en el Museo Tesoro de la Catedral (el antiguo Museo Diocesano). ¿Por qué?

Lo es porque es del siglo XVI y ha ido a multitud de exposiciones; tiene la técnica de la encáustica, que es pintura a la cera; plata, plata dorada, plata cincelada; tres esmaltes diferentes. Tiene más de 900 perlas, que aunque se diga que las perlas tienen una duración de cien años, conservan un oriente como si fueran de ayer. Tiene más de 200 piedras preciosas grandes, así como otro montón de piedras pequeñas.

Una cosa que nosotros no lo valoramos y en cambio sí se valora mucho en la iglesia rusa son las reliquias que posee. Hay en total 28 reliquias, una debajo de cada uno de los iconos que enmarcan las imágenes centrales de las tablas.

Hay un detalle que a mi me ha gustado siempre mucho, que es que el icono de San Nicolás Neos tiene en sus manos un Pancrátor de un centímetro. Esto es porque estuvo en el Concilio de Nicea, cuando hubo lucha entre amantes y destructures de los iconos. Él estuvo allí defendiendo los iconos, y tiene una cartela pequeñísima, de la que he logrado sacar a base de lupas que pone: "Si alguno no venera la imagen de Cristo en este icono, sea anatema". El que hizo la obra era un verdadero miniaturista y artísticamente es una obra preciosa, es una pieza única.

"El díptico bizantino necesita una limpieza de la plata dorada"

¿Necesita la obra algún tipo de restauración?

Una limpieza nada más de la plata dorada. Cuando yo lo llevé a la exposición, fui con muchísimo miedo. En el avión fui yo en un asiento y el díptico bizantino en otro, en primera clase. Al llegar allí estuve en la cabina del autobús que hacía el traslado del avión al aeropuerto, completamente encerrado. Cuando llegué ya vi un cartel con mi nombre, y aún así llevaba bien prieto el maletín.

Con más miedo que vergüenza.

Pero mucho miedo. Porque además me dijo el que me recibió del Museo Benaki que nos venía siguiendo un coche de Policía camuflado, pero yo miraba por los espejos, ya era de noche, y yo no veía que ninguno nos siguiera. Y no paraba de pensar que si me sacaban fuera de Atenas y me quitaban el díptico me iba a morir de un infarto. Ya en el museo, al abrir el maletín hubo un ¡oh! unánime de la comisaria, los técnicos y el de seguridad. Allí me dijeron las muchachas que si llegamos a enviar el cuadro antes lo hubieran limpiado.

A Luis Priego se lo dije, pero no se compromete. Porque lleva un montón de perlas y hay que sacarlas una a una para limpiarlo.

El libro ha sido editado por tercera vez y de hecho en esta ocasión como número 2 de la Colección Ediciones Célebres de la Diputación Provincial.

Tengo que agradecer mucho a Benjamín Prieto, que ha tenido mucho interés en que se publicara, se ha interesado más que nadie, y a Marta Segarra. Yo nunca pensé que se iba a editar, pero me lo prometió hace dos años en una comida de la Hermandad de la Negación de San Pedro, de la que soy consiliario. Ha habido muchas facilidades.

Fue ordenado sacerdote en 1958. Imagino que en tanto tiempo recorriendo la provincia habrá visto de todo.

Sí, de todo. Aunque es verdad que he tenido poco movimiento en las parroquias. Me mandaron a Las Majadas y al principio con disgusto porque me gustaba tener moto y con sólo un pueblo no me daban subvención para comprarla (ríe). En Majadas estuve 25 años y ahora no nieva, por aquel entonces nevaba mucho.

Tuve un Seat 600 que me lo compró entre toda la familia porque no daba más de sí el sueldo que teníamos entonces, que era de 500 pesetas. El coche me costó 63.000 pesetas, y mi hermano de Suecia fue el que más me ayudó, mis padres y mi hermana también con sus ahorros... Total, que me compré el cochecillo. Luego me quedé con Portilla y más tarde con Zarzuela, y ahí he estado 50 años.

"El día que José Guerra Campos me dijo que me iba a nombrar canónigo no dormí en toda la noche"

Más tarde le nombraron arcipreste del Arciprestazgo de Villalba de la Sierra y canónigo de la Catedral de Cuenca.

Sí, en el Arciprestazgo estuve 17 años. Y luego también el obispo don José Guerra Campos me hizo canónigo. Yo me resistí porque cómo iba a ser canónigo uno de Valdemorillo de la Sierra. Recuerdo que fue un día de la Virgen del Rosario, que yo estaba en la fiesta en Zarzuela y me dijeron que había llamado el obispo y que tenía que devolverle la llamada por la noche. Como yo también era presidente de la comisión diocesana de Arte pensé que estaría relacionado con eso.

Cuando hablé por teléfono con él me dijo que me pasara al día siguiente para que me firmara el nombramiento de canónigo. Me lo dijo así de sopetón y no dormí en toda la noche. Por la mañana se lo conté y me dijo: "Esa noche toledana hay que olvidarla. Aquí tienes el nombramiento". Y desde entonces ahí estoy.

Ha estado con cuatro obispos diferentes.

Quien me ordenó fue don Inocencio Rodríguez. Después vino José Guerra Campos, más tarde Ramón del Hoyo y ahora José María Yanguas. Luego, el arzobispo de Toledo Francisco Álvarez que estuvo de administrador delegado entre Guerra Campos y Ramón del Hoyo. 

Imagino que con todos guardará buenos recuerdos.

Sí, con don Inocencio porque me ordenó. A él es al que más recuerdo porque me confirmó y me ordenó en todas las órdenes. Don José Guerra Campos se portó muy bien conmigo, porque me nombró canónigo y presidente de la comisión de Arte y también estoy muy agradecido a él. Don Ramón hizo un prólogo muy majo en la segunda edición del libro. Y el actual, muy bien.

Ahora ya está jubilado de su labor sacerdotal pero sigue ayudando en la Catedral y en la parroquia de El Salvador.

Sí, yo soy canónigo emérito y tengo todos los derechos de un canónigo en activo. De hecho, subo todos los días a la Catedral porque me gusta decir misa allí, a las nueve y veinte, porque hablas con los que van. Además gracias a nosotros, los canónigos jubilados, se mantiene el Coro, porque no hay curas. El que no tiene una parroquia, tiene después catorce clases y no pueden, y yo lo entiendo.

"Estamos en un mundo muy materializado y de muchas propagandas"

En sus tiempos había muchos más sacerdotes en la provincia.

Ahora hay gente que tiene ocho pueblos, a ver qué van a hacer. Y los mismos de Cuenca tienen un montón de compromisos y sólo pueden subir una vez a la semana. Se han puesto de acuerdo los que están en activo para que no se quede el coro sólo con nosotros, que estamos cuatro jubilados que lo mantenemos. Pero esto va de capa caída, en el momento en el que muramos nosotros, el coro desaparece de la Catedral. Y da pena porque son 800 años de historia los que tiene.

A ver si alguien recoge el testigo, pero hay muy pocos seminaristas. Estamos en un mundo muy materializado y de muchas propagandas. Ahora hay muchísimas menos vocaciones.

Los domingos digo una misa en El Salvador para echar una mano, que al final es mi parroquia.

De su paso por Las Majadas, Portilla y Zarzuela sacó tres libros, uno para cada uno de los pueblos, en los que recoge sus usos y costumbres, para evitar que se pierdan.

Se ha intentado por todos los medios que no se pierdan, y me ha gustado mucho la investigación. En los pueblos, al menos que queden los archivos. El más completo posiblemente fue el que hice de Las Majadas, porque ahí José Luis Muñoz hizo un DVD, y Albendea me dejó unas fotografías antiguas. La pena es que una familia se enfadó conmigo porque puse que los Molineros debían tener mala fama antiguamente porque había un refrán que hablaba sobre ellos. Antonio García, que escribió un libro sobre todos los molinos de la provincia, me dijo que a él le había pasado exactamente igual.

Luego hicimos otro también muy importante y que ya está agotado, que es el catálogo monumental de la Diócesis de Cuenca y que ha servido a mucha gente para hacer tesinas. En total he escrito siete libros, prácticamente uno en cada sitio en el que he estado, porque también hice uno sobre mi pueblo, Valdemorillo.

Usted que ha vivido tantos años asociado a la Serranía de Cuenca, ¿cómo percibe el fenómeno de la despoblación?

Es un problema muy difícil. Porque residentes jóvenes no hay. En Zarzuela, por ejemplo, cerraron la escuela y primero iban a Villalba de la Sierra y más tarde ya se bajaron a Cuenca.

¿Va a venir una industria? El que tenga un puesto prefiere ir a lo seguro y quedarse en una fábrica en Valencia, Barcelona o donde sea. Y sería un gasto inmenso para cuatro puestos que va a dar.

"Si llegan a hacer la macrogranja en Zarzuela hubiera sido un desastre ecológico"

Entiendo que está hablando de las macrogranjas.

Yo ahí soy neutral. No he dicho ni una palabra, porque no conviene. Pero tengo mi opinión, y creo que hubiera sido un desastre ecológico si la llegan a hacer en Zarzuela. Tengo grabada una granja que había en La Frontera en las afueras del pueblo, y cuando pasaba por allí se metía el olor por todas las partes del coche. Además, los purines se van filtrando y envenenan todo. En el tema de las macrogranjas doy la razón sin darla, quiero decir, que yo ya no estoy allí viviendo, pero no me gusta que se estropeen las aguas y que haya olores permanentes por catorce o quince puestos de trabajo que se creían que iba a haber, que a lo mejor hasta luego los traen de fuera.

Nosotros empezamos en Las Majadas, porque en este sentido he sido un 'enreda', unos cursos de PPO (Patronato de Promoción Obrera), que había ayudas a las nuevas empresas. Entonces se formó allí una cooperativa de carpintería y fracasó porque se necesitaba un dirigente, no porque no hubiera gente hábil para la madera, que la había, sino porque no había gente que dirigiera. Ahí entraba tapicería, barnizado, hicieron cabeceros y yo los decoraba con oro... También puse un taller de confección, que empezamos trayendo ropa de Suecia y también fracasó. En todas las cosas he fracasado, pero ahí quedó la ilusión, no se puede decir que no lo intentáramos. El teleclub, por ejemplo, tuvo su vida, e hicimos bastantes cosas culturales. Trabajé mucho en Las Majadas porque era joven e iba con mucha ilusión, lo que pasa es que ahí se quedó.

"¿De qué vale una industria si los que quedan tienen de 70 años en adelante? "

¿Hay solución al problema de la despoblación?

No. Creo que no hay solución, porque a ver qué van a hacer para que la gente se quede allí a vivir. Ahora que ya se han acostumbrado a vivir en la capital es difícil. Vuelve la primera generación que salió de allí, pero los chicos que ya tienen catorce o quince años se quedan en Madrid, Barcelona o donde sea, porque allí es donde tienen sus amigos y sólo vuelven a los pueblos para las fiestas en agosto.

En Las Majadas llegó a haber 138 niños en catequesis y tres escuelas. Aquello daba gozo, y ahora no te encuentras con nadie. Es muy difícil, por mucho que protesten. ¿De qué vale una industria si los que quedan tienen de 70 años en adelante? 

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